El tropiezo de Highguard no se ha quedado en malas reseñas y números discretos. El estudio responsable, Wildlight, ha confirmado despidos significativos tras un lanzamiento que no cumplió expectativas ni en ventas ni en recepción crítica. Lo preocupante no es solo el resultado comercial, sino el contexto que lo ha acompañado.

Highguard no pudo ni desplegar sus alas
Según diversas voces del entorno del estudio, el estreno de Highguard generó una narrativa tóxica en redes sociales, con críticas que trascendieron el análisis del juego para cuestionar decisiones creativas, comunicación del equipo e incluso su identidad como estudio. El ruido digital escaló rápido, y con él, la presión. El impacto no fue únicamente reputacional: terminó traduciéndose en recortes de personal y en un clima interno marcado por la frustración.
Este caso expone una realidad incómoda del sector indie actual. En un mercado saturado, donde la visibilidad depende en gran parte de la conversación online, la percepción puede pesar tanto como el producto. Un lanzamiento débil ya es un problema; una ola de rechazo amplificada por redes puede convertirse en un golpe estructural.
No se trata de negar el derecho a la crítica. La retroalimentación es parte esencial del medio. Pero cuando la conversación deriva en hostilidad o campañas de descrédito, el efecto deja de ser solo discursivo. Para estudios pequeños o medianos, con márgenes financieros ajustados, la viabilidad puede tambalearse en cuestión de semanas.
Lo ocurrido con Wildlight es una advertencia clara: el ecosistema indie no solo compite por calidad o innovación, sino también por gestión de comunidad y resistencia al escrutinio constante. En un entorno donde la exposición es inmediata y global, el impacto de la cultura online ya no es intangible. Puede costar puestos de trabajo.




